El corazón tiene razones que la razón no entiende

La vida está llena de momentos en las que debemos tomar una decisión. Nunca es una tarea sencilla ni un camino exclusivamente con dos alternativas. Existen millones de opciones, de matices, de aspectos a considerar que pueden hacer de la toma de decisiones algo tan complicado como encontrar una aguja en un pajar. Y lo peor de todo, es que nunca estaremos seguros de si la decisión ha sido la correcta.

En el pasado partido de la Europa League, Simeone decidió pedirle a su portero que subiera a rematar el último córner. Se sentenció el partido con un 0-2, complicando la vuelta de esta semana. Algunos han criticado esta decisión y el técnico se ha defendido diciendo que “los que están para opinar no asumen riesgos y todo es más simple”.

No siempre cuando tenemos que tomar una decisión tenemos todos los datos necesarios o el tiempo suficiente para analizar la situación. En ocasiones, en solo cuestión de segundos debemos decidirnos. En otras, tenemos que hacerlo a ciegas porque no tenemos ningún indicio de cuál será la decisión correcta. ¿Quién nos asegura cuando decidimos qué jugador lanza un penalti que el balón entrará o si es mejor atacar a nuestro rival o por el contrario defender nuestra portería?

Recientes investigaciones en toma de decisiones aluden a la importancia de la influencia de nuestras emociones a la hora de decidir qué hacer. No siempre el análisis racional nos lleva por el buen camino y son esas intuiciones las que nos guían acerca de qué hacer.

Ya en 1848, Phineas Gage nos dio la clave al tener un accidente y clavarse una barra de hierro en la mejilla izquierda que le atravesó parte del cerebro. Milagrosamente sobrevivió, pero su comportamiento cambió siendo incapaz de controlar sus emociones. Este hecho inició el estudio de la relación de las emociones con funciones ejecutivas del cerebro (planificación, anticipación, toma de decisiones…). El investigador Antonio Damasio, en su teoría del marcador somático, nos dice que las emociones son las responsables de nuestras intuiciones. Así, tenemos esa “sensación” extraña que nos dice que debemos aprovechar esa oportunidad aunque parece imposible tener éxito o, por el contrario, sabemos que es mejor no tomar ese camino.

Esta teoría nos puede ayudar a la hora de tomar nuestras decisiones. Nunca vamos a estar seguros al cien por cien de si acertaremos, pero quizá, dejarnos llevar por la intuición nos acerque un poco más al éxito. No hay que olvidar que la posibilidad de que nos equivoquemos existe, como le ocurrió a Simeone, pero tampoco debemos dejar de lado aquello de “quien no arriesga, no gana”. Si le hubiese salido bien la jugada, todos alabarían su atrevimiento. Tomar decisiones no es fácil, hay que arriesgarse, ser valiente para hacerlo, atreverse a pesar de la incertidumbre y de lo que nos dice nuestro cerebro, y así, a veces saldremos victoriosos, pues en ocasiones, el corazón tiene razones, que la razón no entiende.