La crítica patológica I: qué es, cuál es su origen y cómo puedes combatirla

¿No os ha pasado que a veces tenéis la sensación que dentro de vosotros hay dos “YO”? Uno de ellos es el que simplemente hace las cosas, el que siente y actúa, pero sin juzgar. El otro… es como una voz interior que está todo el día evaluando y etiquetando, midiendo y poniendo un gesto de desaprobación continuo. Es la crítica, a veces, patológica.

Esta crítica toma más poder en las personas con baja autoestima, pues condena cada acto que realizan. La crítica fija estándares de perfección imposibles y luego fustiga ante el mínimo error, manteniendo un registro de fracasos que recuerda cada vez que la persona intenta conseguir un objetivo atreverse a la más mínima cosa. Pero a la vez, te pide que seas el mejor; si no, no eres nadie.

Este crítico interior se rige por unas normas de conducta de lo que se debe o no hacer y cuando antepones tus propias necesidades a eso, te tacha de egoísta y mala persona. Te convierte en mentalista capaz de leer el pensamiento a los de tu alrededor de forma que sabes que siempre piensan mal de ti y que eres responsable de todos sus males.

Como no, otra de sus “virtudes” es la de obviar todos tus aciertos, atribuyéndolos a la más pura casualidad y la de exagerar tus debilidades. Le encanta decir cosas como “siempre lo haces mal”, “todo lo que dices es estúpido” o “nunca das una a derechas”.

A esta crítica es a la que se refería Timothy Gallwey, autor de «El juego interior del tenis», cuando decía que el peor rival al que te enfrentas no es al que está al otro lado de la red, sino al que habita en tu cabeza. En el deporte es muy fácil darse cuenta de cómo esa voz torpedea tu rendimiento. Si, tras cada bola que fallas, esa voz dice “¿ves?, ya sabía yo que esa bola no era buena, si siempre la lías en lo más fácil”, el miedo y los nervios se apoderan de ti. Te etiquetas a ti mismo como el que no vale, y entonces, ¿cómo te vas a comportar si no?

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El problema es que nos hemos acostumbrado a escucharla y lo peor, a creerla. En tu vida diaria, en el trabajo y en el deporte te acompaña siempre. Te impone un arsenal de deberes: debes rendir siempre, ganar, ser perfecto, el mejor compañero, no fallar, no enfadarte, no tener miedo… Agotador… e imposible de cumplir, porque somos humanos y fallamos y porque las normas y estándares que nos está poniendo esa crítica son ilógicas e inalcanzables. La crítica te martiriza por tu pasado, destroza tu presente y tu futuro, pues no esperas nada de él.

¿De dónde viene esa voz interior que critica cada acto que realizas, cada vez que vas a intentar algo nuevo o diferente o tras cada error que comentes?

La crítica nace durante la más tierna infancia. Pensemos que nacemos como una tabla rasa, sin conocimiento de cómo es el mundo, que está bien o mal, o qué se espera de nosotros. Para sobrevivir a este mundo y para convivir en sociedad, necesitamos ir incorporando una serie de reglas, esquemas, en nuestra cabeza, que nos permitan saber cómo comportarnos o qué decir según en qué situación estemos. Los padres son los primeros agentes de socialización encargados de esta tarea. A ellos se unirán profesores, entrenadores e incluso, los amigos. Son ellos los que nos van inculcando qué debemos o no hacer, qué es correcto y nos imponen unas reglas que, al transgredirlas nos convierten en malos estudiantes, desobedientes, egoístas o malos deportistas.

Cuatro son las causas que determinan por qué estos mensajes se han convertido en la voz crítica que ahora escuchas:

  1. Recibimos órdenes o consejos que regulan nuestra conducta; ya sea porque nuestros padres prefieren educarnos así o hasta por motivos de seguridad: “te vayas a caer en la pista” o “no se desobedece”. Los convertimos en imperativos morales que acuden a nuestra cabeza cuando, de mayores, los trasgredimos. Si tomamos algún riesgo, la crítica aparece: “casi te resbalas en esa escalada, ¿por qué no rechazaste ese plan?”; si tomamos decisiones propias, también: “es tu entrenador, ¿cómo te atreves a usar otra estrategia en el partido?”.
  2. En estos mensajes, se confundió conducta e identidad. En lugar de decirnos “es peligroso cruzar sin mirar”, nos han dicho que éramos unos “imprudentes y desobedientes”. Por una conducta nos han tachado de forma negativa en nuestra totalidad.
  3. A veces a los padres se les olvida reforzar lo bueno que hacen los hijos (aunque sea poco) y sólo están regañando y etiquetando. Eso va creando en la persona una identidad negativa y sin valía.
  4. Además, hay padres no saben gestionar esos momentos, y descargan la ira que les provoca ese mal comportamiento contra su hijo; en lugar de centrarse en corregir el comportamiento. Un niño que por portarse mal ha recibido toda la cólera del adulto, se convierte en un niño con baja autoestima.

La crítica se convierte en un recordatorio de esos mensajes que por un lado, nos recuerda qué normas hay que seguir y nos refuerza positivamente cuando lo hacemos, pero nos castiga sin piedad cuando los saltamos.

Si quieres combatir a esta crítica patológica, te recomiendo:

  1. Haz un listado de esas creencias limitantes que te han impuesto y transfórmalas en potenciadoras: es decir, de algo que te castiga si no cumples a un mensaje útil para ti.
  2. Detecta qué te quiere decir la crítica, cuál es su propósito: cuando te habla quizás quiera que rindas más, que seas como tus padres te exigieron, o para que ni lo intentes porque cree que fracasarás. Una vez detectado, podrás determinar si su propósito te es útil o no. El conocer con claridad la función de la crítica hace menos creíble todo lo que dice.
  3. Responde, debate con ella. Dale razones de por qué está equivocada o tienes derecho a elegir no hacerle caso.
  4. Refuérzate en cada intento, pues lo fácil es seguir escuchándola.

 
Zoraida Rodríguez Vílchez
www.zoraidarodriguezvilchez.es
@ZoriPsicologa para IDEAL Granada