¿Quién entrena al entrenador? Web Lucas Alcaraz

El día a día de un entrenador es una montaña rusa: entrenamientos, ruedas de prensa, hablar con alguno de los deportistas que parece que está más descentrado, felicitar al pichichi pero que no se le suba demasiado a la cabeza, aplicar una sanción al que pillaron saliendo de fiesta, tratar con la directiva o con algún padre, familiar o aficionado que le echa en cara porqué no saca más a tal jugador… Y seguir haciéndolo bien para no poner en juego su cabeza… Lo dicho: una auténtica montaña rusa.

El día a día de un entrenador es una montaña rusa: entrenamientos, ruedas de prensa, hablar con alguno de los deportistas que parece que está más descentrado, felicitar al pichichi pero que no se le suba demasiado a la cabeza, aplicar una sanción al que pillaron saliendo de fiesta, tratar con la directiva o con algún padre, familiar o aficionado que le echa en cara porqué no saca más a tal jugador… Y seguir haciéndolo bien para no poner en juego su cabeza… Lo dicho: una auténtica montaña rusa.

Cada día se conoce más el papel del psicólogo deportivo como un profesional más del cuerpo técnico que aporta su granito de arena para que el equipo o el deportista individual alcancen sus objetivos. Sin embargo… ¿quién ayuda al entrenador?

Grandes directivos y personalidades utilizan la figura del coach para lograr sus metas y ser mejores profesionales. El psicólogo deportivo, ejerce la misma labor; sirve de coach, de entrenador, para el entrenador. Es la figura que le ayudará a desarrollar todo su potencial y a sacar los mejores resultados de aquellos deportistas que tiene a su cargo.

¿Un mito? Para acudir al psicólogo hay que estar enfermo o las cosas me tienen que ir mal. ¿Mi respuesta al mito? Me encanta esta frase: “la perfección no existe, solo la tendencia a mejorar”. Así que vamos a hacer un repaso en qué aspectos un psicólogo deportivo puede contribuir a hacer que un entrenador brille con todo su potencial:

  1. Liderazgo: el entrenador es el líder formal del grupo, es la persona que ha sido designada para llevar a este grupo o a este deportista. Sin embargo, todos sabemos que porque nos impongan a alguien no creemos necesariamente en él. Y si no creemos en aquella persona que nos lidera, probablemente ni demos el cien por cien ni pensemos que nos ayudará a conseguir lo que deseamos. Un entrenador debe convertirse en líder de su grupo o de sus deportistas por méritos propios. Los deportistas depositan su vida, sus horas de entreno y por tanto, su carrera, en manos de alguien en el que deben creer ciegamente, porque están seguros que los va a guiar en su camino hacia el éxito, que sacará lo mejor de ellos. Pero liderar es difícil. No todos queremos que nos dirijan de la misma manera, no nos motiva lo mismo, ni necesitamos lo mismo en diferentes momentos. El entrenador, con ayuda del psicólogo deportivo, ha de convertirse en una “bola de cristal” que sepa ayudar a cada uno, y en cada momento, de la forma más adecuada, convirtiéndose en un referente para sus deportistas.
  2. Comunicación verbal y no verbal: como entrenadores somos la cara de un equipo y el referente para nuestros jugadores. La psicología deportiva puede dotar al entrenador de aquellos recursos necesarios que le permitan comunicarse de forma eficaz con prensa, deportistas, o directiva; de forma que su comunicación no verbal (sus gestos, su mirada, su postura…) diga lo mismo que sus palabras, o que ésta primera no delate aspectos que deseamos disimular (presión, estrés, desesperanza…).
  3. Tolerancia a la presión y al estrés: las situaciones que se viven en el mundo del deporte son generalmente, bastante estresantes. El deporte es un mundo basado en los resultados en el que demuestras en cuestión de minutos lo que has trabajado semanas, meses o años. La inestabilidad laboral del entrenador es muy conocida, y trabajar siempre bajo el punto de mira y en la cuerda floja… no es fácil. Y lo peor: no siempre los resultados dependen exclusivamente de la labor del entrenador, pero se les juzga por ellos.
  4. Afrontar las críticas: el deporte es, además, un mundo en el que parece que todos pueden opinar. Todos somos expertos en fútbol, baloncesto… hasta en el más mínimo detalle, sabríamos hacerlo mejor que el entrenador y por eso, criticamos en el campo, insultamos y pitamos; por eso, la prensa llega a veces a límites insospechados… Afrontar la crítica en estas ocasiones no es sencillo, pero menos lo es aún cuando tienen razón y tenemos que saber reconocer nuestros errores sin dejar que afecte a nuestra autoestima o nuestra seguridad.
  5. Control emocional: además de controlar la presión y nuestras reacciones a las críticas, un buen entrenador ha de saber controlar el resto de sus emociones. Tanto las positivas como las negativas. Por un lado, hay ocasiones en las que tenemos especial aprecio por un deportista, nos alegramos mucho cuando marca este jugador en concreto, o nos dejamos llevar por una alegría desbordarte y le demostramos al equipo rival que nos estamos confiando. Por otro lado, si nuestros jugadores fallan una jugada mil veces entrenada, nos desespera el comportamiento de un jugador, o el árbitro está teniendo un “gran” día, no podemos dejarnos llevar por esa rabia desmesurada que no hará otra cosa que desconcentrar, desanimar a nuestros jugadores o mandarnos al vestuario antes de que acabe el partido…
  6. Pensamientos negativos y situaciones difíciles: el entrenador no es de hielo, ¿verdad? Todos somos personas que, en algún momento, nos hemos dejado llevar por el pesimismo, hemos esperado lo peor o no hemos sabido solucionar conflictos o situaciones complicadas. Y en principio, no debe pasar nada por eso: todos somos humanos. ¿El problema?: como entrenadores, igual que los grandes directivos, tenemos una responsabilidad enorme de llegar a unos objetivos. Si yo me desanimo y lo muestro: lo hará mi equipo. Si no se atajar un conflicto de raíz, el conflicto destrozará mi equipo.
  7. Capacidad “didáctica”: ¿a que nos referimos? ¿Ahora los entrenadores son maestros? Pues sí, de su deporte. Y no siempre se sabe comunicar y enseñar a aquellos que están a su cargo. Igual que a los profesores se les enseña cómo deben actuar para dar sus clases para que sus alumnos adquieran las habilidades de forma rápida y duradera, cómo deben reconocer las diferencias individuales entre sus alumnos y adaptarse a ellos, cómo mantener la atención, cómo reforzar o castigar determinados comportamientos, los entrenadores pueden adquirir también estas habilidades. No es mejor entrenador el que más sabe, sino el que mejor sabe trasmitir aquello que sabe.
  8. Ser un auténtico Pigmalión positivo que sabe sacar lo mejor de sus jugadores o deportistas, sin dejarse llevar por prejuicios o falsas impresiones.
  9. Relaciones con los demás: como entrenadores somos una figura pública que los demás observan y que no deja de relacionarse con multitud de gente: afición, prensa, directiva, patrocinadores, posibles nuevos equipos… Y cuando no estamos en 1ª División… hay que ponerse el mono de trabajo y conseguir muchas cosas para nuestros deportistas: qué fisio hay en el barrio que nos eche una mano, a ver si ayudamos a este futbolista a encontrar trabajillo que con lo poco que le paga el club no llega, poner de acuerdo a padres y madres… ¡Un auténtico mago de las relaciones sociales!
  10. Confianza en uno mismo: y por último, los entrenadores, son ¡personas! Con sus miedos e inseguridades, con sus dudas y dilemas que necesitan también de un apoyo para subir a la cima de la montaña.

Los psicólogos deportivos no tenemos una varita mágica, con un solo “clic” no está todo arreglado, pero podemos trabajar en estas facetas y muchas más para ser un apoyo y una herramienta más para convertir a buenos entrenadores en GRANDES entrenadores.

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Zoraida Rodríguez Vílchez