Trastornos de control de impulsos

Todos. Alguna vez, hemos tenido el impulso de hacer o decir algo dañino para con nosotros mismo o para los demás. La suerte es que la mayoría de las veces, lo controlamos. En situaciones de estrés mantenido es más fácil que se acentúe. Lo más frecuente son las explosiones de ira, o una irritabilidad excesiva.

Pero dentro de los trastornos del control de los impulsos existen otros menos frecuentes pero que limitan la vida de la persona o les perjudica a su salud. Dentro de ellos está la tricotilomanía, el impulso de arrancarse el pelo. Seguido al impulso y a la realización de la conducta, la persona experimenta una sensación de alivio o gratificación. El impulso se hace cada vez más frecuente hasta el punto de que estas personas pueden quedarse sin cejar o provocarse cada vez más “calvas” que no pueden disimular.

La ira: Doctor Jekyll o Mister Hyde

El deporte es una de las principales facetas de la vida en la que observamos como en un segundo una persona puede pasar de ser el Doctor Jekyll a Mister Hyde: de médico paciente y sabio a un temible y agresivo personaje. En un momento y ante un suceso desencadenante, como un gol inesperado, un agarrón por parte de un rival o ante la posibilidad inminente de perder, la persona se convierte en el “Increíble Hulk”, y reparte su rabia a diestro y siniestro.

La ira es una emoción que surge cuando percibimos una amenaza, limitación o control sobre nosotros mismos o nuestros objetivos. Como toda emoción tiene una tendencia a la acción, en la ira lo que encontramos es el impulso de destruir o bloquear aquello que nos amenaza. Nuestro cuerpo se activa para conseguir la energía necesaria para la lucha inminente: se nos acelera el corazón y la respiración para el oxígeno llegue a través de la sangre a todos los músculos; éstos se tensan y nos echamos hacia delante para atacar; la mirada se vuelve feroz y se centra en la amenaza; la atención se reduce y no podemos ver nada más ni pensar en otra cosa que no sea en “te vas a enterar”. Si estuviéramos ante un león, esta respuesta sería altamente efectiva; pero ¿qué sentido tiene si voy perdiendo un partido? Aquí no es cuestión de luchar, sino de buscar soluciones, y si me ciego por mi ira, lo más probable es que en lugar de perder por 1, pierda por 2.

Esta amenaza no siempre viene por factores externos, sino que a veces somos nosotros mismos los que nos vemos incapaces de conseguir nuestros objetivos o hemos hecho algo mal que nos perjudica actualmente. Incluso, a veces nos enfadamos sin razón o de forma desproporcionada.

A la base de esta emoción solemos tener pensamientos del tipo “debería” (“debería hacer marcado y no le he hecho”, “el entrenador no debería dejarme en el banquillo”), y por tanto, pienso que esto es “terrible, lo peor”, y “no lo puedo soportar”. Si a este cóctel le añado la sensación de injusticia, la explosión de ira está más que asegurada.

Si eres una persona que suele enfadarse de forma frecuente y ya estás sufriendo las consecuencias negativas, sigue estos consejos:

– Racionaliza tus pensamientos: ¿de verdad que las cosas deberían ser así?, ¿estamos hablando de leyes inmutables? o ¿sería mejor para ti hablar de que preferirías que fuera como te gustaría? ¿En serio esto es lo peor que puede ocurrir, el fin del mundo y que no lo puedes soportar o es más positivo verlo como algo que no queremos pero que intentaremos superar?, ¿Por qué lo veas injusto, el universo debe configurarse para darte tus caprichos o hay que aceptar que las cosas son así?
– Transforma esa rabia en un empuje que duplique tus esfuerzos, no en algo que te reste.
– Tómate tu tiempo, y no des respuestas inmediatas. En caliente, ya sabes lo que pasa.

Tú decides si quieres ser Jekyll o Mister Hyde.

ira