Trastornos de ansiedad

Algunos de los trastornos de ansiedad en los que te puedo ayudar son:

Estrés:

No todos sentimos el mismo estrés ni ante las mismas situaciones. Todo depende de una balanza. En ella, en un extremo, ponemos la situación a la que tenemos que hacer frente; en el otro lado, ponemos los recursos y lo capaces que nos sentimos para superar con éxito esa situación. ¿No sabías que existe esta balanza? Pues la tenemos todos y funciona de forma automática.

Cuando mi tatata…rabuelo, el cavernícola, paseaba por el bosque y se encontraba con un suculento y pequeño pajarillo pensaba: “¿qué me exige la situación?, ¿qué demanda de mí?, para comérmelo tengo que cazarlo…”, si la contestación a las siguientes preguntas “¿soy capaz?, ¿tengo recursos suficientes para hacerle frente?” era un “sí, tengo una trampa para cazarlo, soy ágil y astuto y ya lo he conseguido otras veces”, mi antepasado no sentirá estrés o ansiedad ningunos. Sí por el contrario, lo que se encontraba era un lobo enorme, la repuesta seguro que era diferente: la situación le demandaba huir o luchar y tiene que analizar si realmente es más rápido que el lobo para salir pitando y escapar o más fuerte que él para luchar y ganar. Aquí el nivel de estrés, evidentemente será muy alto, porque en la balanza pesará mucho más la situación que los recursos que esta persona realmente tiene para salir victorioso. En definitiva esto es una cuestión de supervivencia y de ver si somos o no capaces de hacer frente a lo que nos amenaza.

ansiedadEn el deporte o en la vida, también nos encontramos situaciones que nos generan ansiedad o estrés, la diferencia es que nuestro pellejo ya no suele estar en juego, pero aún así nuestro corazón se acelera, la respiración se hace más rápida y un cosquilleo nos recorre por la espalda. Y a veces, esa respuesta ya no es funcional. ¿Qué sentido tiene que mi corazón esté a mil cuando voy a lanzar un penalti que puede darme la victoria o la derrota? Ninguno. ¿En qué me ayuda que mis músculos estén tensos, preparados para luchar o huir cuando a lo que me enfrento es a mi ejercicio de gimnasia rítmica en la que tengo que mostrar mi fluidez y gracia en los movimientos? Igualmente, no me ayuda en nada. Y si lo que busco es cerrar un trato en mis negocios o pedirle salir a la chica que me gusta, ¿qué sentido tiene respirar de forma acelerada y tener cara de pánico? Misma respuesta.

El problema que nos ocurre es que estamos evaluando situaciones importantes para nosotros como situaciones de vida o muerte, y así llegamos incluso al bloqueo total. Como siempre, la clave es convertir la amenaza en reto, lo que nos da miedo en posibilidad. La clave es la forma en la que interpretamos la situación y la confianza que tenemos en nosotros mismos. Así que en el momento en el que te sientas desbordado por la ansiedad o el estrés piensa: ¿estoy viendo más peligro del que hay real? Y ¿cuántas cosas buenas tengo que me hagan capaz y valioso?

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Agorafobia:

La agorafobia es un trastorno que nos lleva a sentir un miedo intenso a los lugares públicos o espacios abiertos. La persona anticipa que va a experimentar niveles elevados de ansiedad (o incluso, ataques de pánico) y por tanto, evita esos lugares. La vida de la persona se ve limitada, pues reduce sus actividades debido a este trastorno.

Miedos y fobias:

El miedo es una emoción natural, y positiva. Todas las emociones lo son, siempre nos ayudan a algo, pero hemos cogido la mala costumbre de categorizarlas en positivas o negativas y al miedo, le ha tocado estar en el último grupo, por lo que tendemos a rechazarla y evitar sentirla a toda costa.

¿Por qué surge el miedo? El miedo es la emoción automática que sentimos cuando pensamos que corremos algún peligro. Puede ser real, que atente a nuestra integridad física; por ejemplo, si vamos a cruzar la calle y viene un coche a toda velocidad haciendo el loco.

Cuando ocurre esta situación, nuestro organismo se dispara: las pupilas se dilatan para evaluar mejor la situación, el corazón comienza a bombear sangre para estar preparados ante lo que pueda venir o respiramos de forma más agitada para tener mucho oxígeno, el combustible necesario para enfrentarnos a ese peligro o salir pitando. Por tanto, el miedo es positivo: nos prepara para afrontar situaciones, para estar más alerta y evaluar mejor la situación.

miedoTambién el miedo puede venir de una amenaza psicológica; por ejemplo, cuando creemos que podemos perder una importante competición, nuestro trabajo o nuestra relación. De nuevo, aquí también es positivo sentir miedo en su justa medida, pues nos hará estar más alerta a la hora de competir, (nos tomaremos más tiempo para analizar al rival, para preparar la carrera o el partido, etc.), invertiremos más esfuerzo en nuestra profesión o dedicaremos más mimos a esa persona que igual… teníamos descuidada.

El problema surge cuando el miedo en lugar de tener esta función descrita, nos paraliza, y nos impide ya no dar la respuesta adecuada, sino incluso dar “alguna” respuesta.

¿Qué podemos hacer para que el miedo sea una emoción que empuje y no que reste?

Evalúa de forma objetiva la situación. Hay veces que minusvaloramos nuestros recursos y nuestras capacidades y sobrevaloramos el reto al que nos estamos enfrentando y las posibles consecuencias negativas que podemos encontrar si fallamos.
Reflexiona cuál es la respuesta adecuada ante la situación. No hay por qué tirar para adelante con todo. También podemos elegir no hacer nada. En ocasiones el miedo viene porque nuestro vaso está rebosando. No es que no seamos capaces de afrontar la situación, es que ya estamos cargando con demasiadas.
Reinterpreta qué significaría fallar o equivocarse. Tienes dos opciones: o verlo como algo terrible que te califica de forma completa y para siempre como un inepto o inútil o verlo como una posibilidad de aprendizaje. Como yo digo, en el error está la pista de la solución.
Si es la primera vez que te enfrentas a esa situación, ¡prueba! Nuestra mente tiene una capacidad de hacer guiones de cine… ¡impresionante! Tememos más a lo desconocido que al peligro real.
Refuérzate cada vez que te enfrentes a algo. Podías haber elegido huir, no intentarlo… pero te atreviste, independientemente del resultado.
Cuando sientas miedo no huyas de él, conviértelo en tu espada, en tu arma para aplastar lo que tú ves como amenza.

TOC: trastorno obsesivo compulsivo

“Ese pensamiento se me mete en la cabeza, me bombardea, me dice que voy a fallar, que no haré bien el lanzamiento y que todos lo verán”, me decía un paciente. El pensamiento obsesivo se introduce en la cabeza y parece que no hay forma de echarle. “La angustia que sentía era inmensa, ¿cómo me iba a concentrar con esa voz que me llamaba inútil? Y entonces… vi algo de luz, creí que si contaba en mi cabeza hacia atrás desde 10, me relajaría, y funcionó”.

“El problema es que ahora soy incapaz de no contar cada vez que realizo el lanzamiento; si no lo hago, fallaré. He de reconocer que se ha generalizado a mi vida. Ahora cuento si me subo en el ascensor, para que no se caiga; cuando voy conduciendo, para no tener un accidente… Las manías no se han quedado ahí, cada vez necesito hacer más cosas absurdas e inútiles para estar tranquilo”.

Así me describía Javier su trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Como indicamos en psicología, el TOC hace que tengamos “pensamientos, impulsos o imágenes mentales que se repiten constantemente. Son indeseados y causan mucha ansiedad o estrés”. La persona intenta “neutralizarlos” a través de la compulsión, una conducta que al hacerla, genera alivio pero que no hace más que arraigar y generalizar este trastorno.
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¿Pero, por qué ocurre todo esto?

En primer lugar, tenemos que reconocer el cerebro es un generador espontáneo de ideas. Esto nos viene genial para resolver problemas o ser creativo. Pero cuando no paran de surgir pensamientos que van por libre sin ton ni son, hay un problema.

En segundo lugar, la mente está hecha para reconocer peligros. O se los inventa… por si acaso. Es cuestión de supervivencia. ¡Más me valía pensar, por allá en el tiempo de las cavernas, que igual ese lobo que me mira… no tiene cara de muchas amigos! ¡De más de una nos hemos librado así! Imagina que la mente tiene una señal de alarma que se enciende cuando detecta un peligro. En el TOC la alarma no para de sonar: que si no haces esto, fallarás; que si no compruebas la hornilla, el gas se va a escapar… Esto produce sensaciones muy desagradables: ansiedad, miedo, angustia…
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Por último, a la mente le gusta tener el control y sentirse bien. Si algo le prohíbes, más piensa en ello. Y cuando uno tiene TOC intenta sacarse ese pensamiento de la cabeza. Es como cuando te dicen: “no pienses en un camello”, ¿en qué acabas de pensar?
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Un día la mente encuentra un camino para controlar todo esto y son las compulsiones: acciones que has de hacer siempre de la misma forma, en el mismo orden y si te despistas, has de volver a empezar. Pero has de hacerlas porque evitan que suceda aquello que no queremos, el “puede que”.

Pero el TOC tiene solución. Nos hemos de exponer a aquello que nos produce ese miedo/ansiedad sin hacer la compulsión para demostrarle al sistema de alarma de peligro que en realidad, no tiene nada de qué preocuparse.

“Esa imagen se me viene a la mente y no puedo hacer nada por evitarlo, controlarlo o eliminarla de mi cabeza”. Esta frase es la que suelen referir aquellas personas aquejadas de este tipo de trastorno: el trastorno obsesivo compulsivo. Muchos habréis visto la película “Mejor Imposible”, donde Jack Nicholson vive obsesionado con la posibilidad de contagiarse o contaminarse de gérmenes. Por este motivo se ve envuelto en comportamientos absurdos y exagerados como evitar rozarse con otras personas, abrir la puerta siempre usando un pañuelo para no tocar el pomo o se lleva sus cubiertos de plástico al restaurante en el que come cada día. Este personaje presenta el trastorno referido a la limpieza, pero hay muchos tipos más y en el deporte, o en la vida, los encontramos con facilidad.

En este tipo de trastorno, lo primero que encontramos son las obsesiones. Son ideas, pensamiento o imágenes que parecen introducirse en la cabeza y que inicialmente se perciben como sin sentido. La persona trata de neutralizarlos de alguna manera o realiza algún tipo de acción para eliminar el pensamiento. Guillermo sufría cada vez que se le venía esta imagen a la cabeza: se veía en la pista derrotado, fracasando de forma absoluta. Sabía que esto no era racional: entrenaba mucho, estaba en un buen club y todos le decían que tenía un largo camino por recorrer. Pero no podía evitar que esa imagen se apoderase de él y entonces era presa del pánico.
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En un “sin saber que hacer”, Guillermo intentaba neutralizar esa imagen. Y entonces comenzaron los rituales: son esas conductas compulsivas orientadas a eliminar ese pensamiento e incluso, de alguna forma, prevenir ese mal que cree que le va a ocurrir. Cuando le venía el pensamiento, se decía así mismo: “¡tonterías!” y se ponía a imaginarse haciendo buenos saques. Eso pareció funcionar un tiempo, pero el pensamiento se descontrolaba y este deportista tenía que encontrar nuevas formas de prevenir que ocurriera la desgracia: ahora contaba desde cien hacia atrás, procuraba no pisar las líneas de la pista, entraba con el pie derecho siempre y miraba siempre hacia la esquina superior de la grada. Eso le ayudaría a no fracasar.

Tan largos eran sus rituales, que alguna vez le amonestaron en la pista por no sacar con rapidez. La ansiedad que le suponía no hacer todos esos actos (sus compulsiones) hacía que no pudiera saltarse ni una de ellas. Era impulsivo: sentía la necesidad de hacerlo, y una vez realizada la conducta, se calmaba. Lo malo era que cada vez podía esperar menos tiempo en hacer de nuevo la conducta. Y su tenis se convertía en un entretenido espectáculo para el rival.

La mejor forma de superar este trastorno es con la ayuda de un terapeuta. No dejes que tu vida sea invadida por obsesiones sin sentido que te desvíen de todo aquello que puedes conseguir.

Transtorno por estrés post-traumático:

EL TEPT surge tras la experiencia de algún acontecimiento y traumático (violación, agresión, accidente…). En ocasiones, puede manifestarse sin haber vivido la experiencia, basta con que alguien nos la cuente. La persona experimenta una serie de recuerdos traumáticos a cerca del suceso en cuestión, como flasbacks o pensamientos intrusivos que parece no poder evitarse. Pueden manifestarse también en forma de pesadillas o recuerdos cuando se está en una situación similar a la vivida (tras una violación, por ejemplo, al persona tiene este tipo de recuerdos, cuando hace el amor con su pareja). Este malestar interfiere en la vida de la persona, limitándola y deteriorando sus relaciones sociales.

Ataques de pánico, etc.

Puff!, ¡qué rollo!, ¡lo dejo!

Hemos escuchado esta frase en numerosas ocasiones, referidas al running o a la práctica de otros deportes. El compañero del trabajo que se metió en una peña de fútbol, una amiga que se apuntó al gimnasio, o un familiar al que el médico le recomendó ir a natación por sus problemas de espalda. Incluso, se la hemos podido escuchar a algún compañero de running y la consecuencia ha sido o bien, nuestro grupo se ha reducido, o bien, hasta nos hemos quedado solos para practicar este deporte.

Puff!, ¡qué rollo!, ¡lo dejo!

Hemos escuchado esta frase en numerosas ocasiones, referidas al running o a la práctica de otros deportes. El compañero del trabajo que se metió en una peña de fútbol, una amiga que se apuntó al gimnasio, o un familiar al que el médico le recomendó ir a natación por sus problemas de espalda. Incluso, se la hemos podido escuchar a algún compañero de running y la consecuencia ha sido o bien, nuestro grupo se ha reducido, o bien, hasta nos hemos quedado solos para practicar este deporte.

Los beneficios tanto físicos como psicológicos de la práctica regular de algún deporte son de sobra conocidos, pero a veces no son suficientes para ser constantes con la práctica. Está demostrado, que los objetivos a largo plazo, por muy saludables que puedan ser, como el dejar de fumar, no son suficientes para mantener nuestra motivación y ser constantes.

Muchas y variadas son las causas por las que una persona se inicia y se mantiene en la práctica de un deporte, claro que estas causas no son las mismas para todos. Lo que motiva a un corredor, puede que no lo haga en otro. La motivación la podemos definir como “una fuerza interior que nos predispone y nos arrastra a hacer algo o dejar de hacerlo (en el caso de que una persona deje de fumar o se ponga a dieta) y que permite que alcancemos y nos mantengamos en el cumplimiento de nuestros objetivos”. Cuando un corredor está motivado por practicar el running siente como una fuerza, una gana o un Pepito Grillo que le da gritos en su corazón o en su cabeza y le empuja a ponerse la ropa deportiva, las zapatillas y conseguir que se eche a correr. El por qué hay personas que encuentran esta motivación y otros no, o el por qué unos mantienen la motivación durante mucho tiempo y otros se aburren enseguida, depende de muchas variables, incluso en ocasiones, éstas son un verdadero misterio.

A pesar de la constante información que apoya la practica deportiva como una de las variables más importantes en el fomento de una vida saludable, como factor de prevención frente al estrés, la obesidad, los problemas circulatorios, el sedentarismo, la prevención de la osteoporosis, y un largo etc., la realidad indica que el número de abandonos sigue siendo el mismo que hace años. La gente empieza… pero enseguida abandona. Hay quien abandona del todo el deporte (lo que se conoce como “retirados” o “dropout”), los que se pasan a otra especialidad o disminuyen la frecuencia de la práctica (los “transferidos” o “transfer-dropout”) y aquellos que también lo abandonan definitivamente porque lo que antes era un placer, ahora parece haberse convertido en una tortura (los “quemados” o “burn-out”). En las dos primeras situaciones, el abandono suele deberse a un conflicto de intereses con otras actividades (“o practico mi deporte o trabajo”, “o practico mi deporte o mi pareja termina separándose de mí”), o a la falta de diversión. Pero a veces también se tiene la sensación de que no se progresa en el deporte o que se puede fracasar en él; problemas con otras personas que están alrededor de esa actividad (nuestro entrenador o compañeros), a alguna lesión, o incluso debido al programa deportivo en sí mismo (excesiva presión o carga de trabajo, elevado coste del mismo…), etc.

Aunque hay que tener en cuenta el motivo por el que uno se inicó y/o sigue practicando deporte, desde el punto de vista de un aficionado o desde el de la competición, hay diversas variables que podemos controlar para que no decaiga nuestra motivación.

Lo primero que tienes que hacer para “no caer en el intento” es preguntarte a ti mismo: “¿por qué me aficioné al running?”, “¿qué me hizo empezar en él?”. La respuesta a esta pregunta será tu motivación principal. Puede ser que empezaras como una forma de conocer a más gente, de probarte o superarte a ti mismo, para liberar tensiones o tener un rato para pensar, para mantenerte sano, para ganar y recibir recompensas (premios, medallas, dinero), simplemente para disfrutar, o varias de estas u otras razones a la vez. Pues bien, nunca, nunca, olvides estos motivos. Si la situación ha cambiado porque ya no te llevas bien con tus compañeros, porque no avanzas tanto como te gustaría o simplemente por dejadez, replantéate lo que en este momento te mantiene en el running y recuerda tus motivaciones originales. Dado que todos tenemos mucha actividad y mil cosas en la cabeza a la vez: trabajo, la familia (para no repetir podemos poner “la pareja”), atender a los amigos, visitas a la familia… no está de más que nos pongamos por escrito en algún lugar visible del coche o de la casa el motivo por el que “quiero y necesito” seguir practicando el running. Es reforzante de vez en cuando leer una nota que te dice “El runngin te mantiene en forma, sano y delgado. Eternamente joven”.

Si la respuesta a la pregunta que te hemos planteado ha sido “quiero ganar carreras, ser el mejor”, te aconsejamos que revises tu motivación. A todos nos gusta conseguir recompensas externas, pero es la forma de motivación que más propicia el abandono. Esta es la motivación extrínseca. Está comprobado que el otro tipo de motivación, la intrínseca, hace persistir más a las personas en la búsqueda de sus objetivos. Este tipo de motivación se refiere a la búsqueda de la diversión, de la superación personal o de un estilo de vida saludable. Es decir, son recompensas que nos damos nosotros mismos. Creedme cuando digo que depender de lo que nos den los demás para continuar en una actividad es una ardua tarea. Replantea tu motivación en este sentido. El placer de superarse a sí mismo y de disfrutar es mucho mayor que cuando te entregan una medalla. Es tu esfuerzo, tu persistencia, tu garra, frente a un trozo de metal. Además, en muchas ocasiones, lograr medalla o no lograrla no depende solo de ti, sino de lo bien o mal que lo hagan tus rivales. Puede ser que tú hagas la carrera de tu vida, que corras tal y como has venido entrenando, pero aún así un rival consiga hacer una carrera mejor. Si tu motivación estaba puesta en ganar, la sensación de frustración puede ser enorme: “tú lo has dado todo y a aún así (suena repetido), no has ganado”.

Relacionado con este tipo de motivación podemos hablar también de la motivación de logro. Cuándo te sientes bueno en el running, ¿a qué se debe: a que te ves mejor que los demás o a la superación personal? Aquellos deportistas que están orientados a superarse a sí mismos, a dar cada día un poquito más sin medirse con los que hay a su alrededor, persisten más en la práctica deportiva. Y qué decir de la diferencia en lo que respecta a cómo se siente uno consigo mismo. ¿No es cierto que casi siempre hay alguien mejor que nosotros en alguna actividad? Aquellas personas que continuamente se comparan con los demás se sienten mucho más frustradas y desanimadas que aquellas que se centran en sus propios logros. ¿Cómo cambiar esto? Si este es tu caso, lo primero que te recomendamos es que creas en ti mismo, en que puedes superarte, dar más de ti, y después, cuando seas capaz de creer en lo que vales, dejarás de compararte con los demás y te bastará con la superación de tus progresos.

Otra de las técnicas que puedes utilizar para mantener tu motivación en el deporte es cuidar la forma en que te hablas a ti mismo. Hay personas que se mantienen en una actividad porque continuamente se recuerdan a ellos mismos las consecuencias negativas que tendrán si no realizan dicha actividad (“voy a perder la forma física”, “perderé el contacto con mis compañeros”), otros se dan órdenes, cual capitán de marina (“debes seguir corriendo”, “tienes que apretar el ritmo”, “debes, debes, debes…” ¡uf!, ¡qué agobio!), otras se motivan imaginándose a sí mismas haciendo lo que tienen que hacer en lugar de imaginarse cuando ya lo han terminado (no es lo mismo imaginarse con muchos kilómetros por delante que imaginarse lleno de satisfacción por haber completado exitosamente lo que nos hemos propuesto) y otras, se motivan pensando en todo aquello que conseguirán a largo plazo (aún queda demasiado lejos ser recordado como el mejor runner de la historia, ¿no?). En este sentido te recomendamos:

– Olvida las consecuencias negativas. Céntrate en los beneficios que obtendrás practicando running: disfrutar, estar con los amigos, los beneficios sobre tu salud, o cualquier otra cosa.

– ¡Prohibido darse órdenes! Es mucho más productivo decirse “voy a mejorar mi marca, lo voy a hacer bien” que estar con el látigo fustigador. De esta forma, de paso, incrementamos ese “creer en uno mismo”, ¿verdad?

– ¿Qué te quedan muchos kilómetros por delante? Pues recuerda la última vez que los acabaste y revive la sensación de triunfo que te invadió. Así será mucho más cómodo seguir adelante.

– Ten sueños, pero divídelos en objetivos a corto y a medio plazo. Cuando hay que subir una escalera es más fácil hacerlo peldaño a peldaño que de un salto.

Para este último punto debes aprender a establecer tus propios objetivos. Cuando tenemos un sueño, un objetivo a largo plazo, éste nos marca el camino, nos hace dirigirnos hacia un lado en particular, pero se ven tan lejos… Por ello, debes dividirlos en objetivos a corto (para alcanzar tu sueño, ¿qué debes hacer ahora mismo, qué debes ir consiguiendo?) y a medio plazo (¿qué reto un poco más difícil que el anterior debes conseguir, por ejemplo, de aquí a seis meses?). Sigue estos consejos para marcar tus objetivos. Los objetivos deben ser:

– Específicos, claros y medibles: por ejemplo, “acabar bien la carrera” no cumple estas características. ¿Qué significa realmente “acabar bien”: tener las pulsaciones dentro de un rango determinado, llevar un ritmo adecuado de respiración, no tener un dolor muscular concreto? Cuanto más claros y específicos sea tus objetivos, más fácil te será determinar si los has cumplido.

– Realistas pero un poco difíciles para que sean un reto. Bajar nuestra marca de un día para otro 10 segundos, va a ser complicado, pero tampoco te exijas poco. Pregúntate: “¿a qué puedo llegar si me esfuerzo un poco más?”

– Formulados en términos positivos. Evita objetivos del tipo “no tener buenas sensaciones” y escríbelos en positivo.

– Si compites, es positivo marcarse objetivos tanto para los entrenamientos como para la competición.

– No olvides dividir tus objetivos a largo, medio y corto plazo.

– Establece fechas razonables para alcanzar esos objetivos.

– Ten tus objetivos por escrito y a la vista. Cuando establecemos algo por escrito tendemos a ser más persistentes en su cumplimiento.

– Formula uno o dos objetivos para cada entrenamiento y escríbelos antes de comenzar éste.

– Chequea tus progresos. Tras cada entrenamiento o salida evalúa el cumplimiento de los objetivos. Puedes utilizar una escala del 0 al 5, donde 0 signifique que no has cumplido tu objetivo para nada, y 5, completamente. Si la puntuación es igual o inferior a 3, pregúntate a qué se debe y qué puedes hacer para mejorar la próxima vez.

– Si cuentas con un grupo o un entrenador personal, establece los objetivos siguiendo sus consejos.

Sin embargo, establecer objetivos puede ser un arma de doble filo. Si para ti el running es más que una afición y especialmente, si compites, cuida estos objetivos. Los objetivos han de ser una herramienta para superarnos, para esforzarnos un poco más y sobre todo, para motivarnos, pues cuando los vamos consiguiendo, nos sentimos satisfechos y confiados. Pero si nos exigimos demasiado, si nos ponemos cargas de trabajo demasiado duras, lo primero que ocurrirá será que bajemos nuestro rendimiento y tengamos malas sensaciones físicas. Ante eso, es posible que creas que no estás entrenando lo suficiente y subas el ritmo o la carga de entrenamiento. Este puede ser el principio del burnout, de estar quemado, y no solo físicamente sino también psicológicamente. En este sentido, prevenir, siempre es mejor que curar.

Si a estas recomendaciones, le añades rodearte de un grupo con los mismos intereses que tú hacia el running, ¡la motivación está asegurada! Cuando no nos apetece salir a correr, lo hacemos por el otro y viceversa. Sin embargo, cuando practicamos en solitario, es mucho más fácil flaquear ante la tentación del sofá. Además, estar rodeado de buenos compañeros siempre nos hará sentirnos más a gusto pues entre todos vamos reforzando los logros que cada uno conseguimos, eso sin olvidar lo bueno que es estar con gente y pasar un buen rato.

¿Qué más podemos hacer para mantener nuestra motivación? No hagas del running una monotonía: varía en el tipo de entrenamientos, de recorrido, etc.

Por último, no olvides recompensarte de alguna manera por tu esfuerzo. No tienes porqué utilizar recompensas materiales, de hecho si no lo son, mejor. Párate y felicítate por lo que estás consiguiendo, date un capricho o tómate un momento para ti.

Si realmente el running es importante (aquí en medio va una coma o quieres quitar lo de “es importante para ti”?) te importa y no quieres quedarte en el intento recuerda:

– Nunca olvides el motivo principal por el que te aficionaste al running. Si crees que las circunstancias en este momento han modificado este motivo, plantéate qué puedes hacer para recuperarlo.

– Procura que tu principal motivación hacia el running sea intrínseca; es decir, que lo hagas por el disfrute, por el superarte a ti mismo, y no por conseguir recompensas del exterior.

– Céntrate en tus propios progresos y no te compares con los demás.

– Cuida la forma en la que te hablas a ti mismo y te intentas motivar: se positivo y no te centres en las consecuencias negativas del abandono o en lo duro que es llegar hasta el final.

– Establece objetivos que te refuercen cada vez que los consigas.

– Evita cargas tan duras de entrenos que puedan desencadenar en burnout.

– Rodéate de gente con el mismo interés que tu por el running.

– Haz tu running variado y divertido.

– Recompénsate.

Si sigues estos consejos y buscas a algún compañero o grupo para practicar running, te será mucho más difícil dejarlo. ¡Cuida que no se convierta en adicción!